LA PRIMERA SELECCIÓN
La mayoría de las personas de mi expedición todavía se encontraban bajo
los efectos de la “ilusión de indulto”; no perdían la esperanza de ser
liberados de inmediato o, al menos, imaginaban que aquello iba a terminar bien.
Éramos incapaces de captar la auténtica realidad de nuestra condición y se nos
escapaba el significado de los acontecimientos. Como muestra de ello expongo la
siguiente escena (hasta la tarde no comprendimos su verdadero sentido): nos
ordenaron dejar el equipaje de manos en el tren y formar en filas de dos, una
de hombre y otra de mujeres, para desfilar ante un oficial de la SS de alta
graduación. Avanzamos hacia aquel hombre alto y delgado, vestido con un
uniforme impecable y reluciente que le sentaba como anillo al dedo. Ese porte
distinguido, elegante y atildado contrastaba bruscamente con nuestro aspecto
sucio y mugriento después de semejante viaje hacinados en el tren. Ahora casi
lo tenía frente a frente. Movía con parsimonia el dedo índice de su mano derecha
hacia un lado o hacia otro, hacia la derecha o hacia la izquierda. En aquellos
momentos ignorábamos por completo el siniestro significado de aquel leve
movimiento del dedo: apuntaba con más frecuencia a la derecha…
Llegó mi turno. Alguien me susurró que a la derecha implicaba trabajos
forzados, mientras que la izquierda se reservaba para los enfermos e
incapacitados, a quienes se trasladaría a un campo especial. Me abandoné sin
resistencia a los acontecimientos; un comportamiento que repetí varias veces durante
mi internamiento-y que ahora reconozco como una de las reacciones instintivas
de la supervivencia y, a la vez, del abandono-.
Me esforcé por caminar de modo que pareciera brioso. El hombre de la SS
me escrudiñó de arriba abajo, pareció dudar y puso sus manos sobre mis hombros.
Intenté con todas mis fuerzas mantenerme firme y aparentar capacidad para
trabajar. Me hizo girar a la derecha.
Al atardecer nos explicaron el significado del “juego del dedo”. Se
trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre nuestra aniquilación
o nuestra supervivencia.
------- ampliación: ----------
Nos enviaron a distintas habitaciones, si se pueden llamar así, para
pasar allí la noche. La habitación era oscura y húmeda. Por lo menos debíamos
ser unos 50 allí dentro. Había diversas literas, pero no para todos. Muchos
dormimos en el suelo. Solo los afortunados que llegaron antes, consiguieron una
cama.
Ninguno de nosotros sabía realmente lo que nos deparaba el mañana. Algunos
contaban rumores y suposiciones sobre lo que nos pasaría. No hice caso a
ninguno de ellos. No servía para nada deprimirse por la llegada de la muerte ni
tener una mínima esperanza de sobrevivir a todo eso.
Cuando empezaban a entrar los primeros rayos de luz por las escasas ventanas
que había en la habitación, ya estábamos todos en pie. Un soldado nos vino a
avisar que empezaba nuestra jornada de trabajo. La mayoría se alegró de esa
noticia. No moriríamos ese día.
Todos esos pensamientos de alegría se acabaron cuando, antes de cenar,
nos reunieron a todos los de mi habitación. Nos comunicaron que íbamos a las
duchas. Las mínimas sonrisas se desvanecieron en un instante. Creíamos que ese
era el fin.
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