10 de enero de 2018

AMPLIACIÓN DE UNA NARRACIÓN

LA PRIMERA SELECCIÓN
La mayoría de las personas de mi expedición todavía se encontraban bajo los efectos de la “ilusión de indulto”; no perdían la esperanza de ser liberados de inmediato o, al menos, imaginaban que aquello iba a terminar bien. Éramos incapaces de captar la auténtica realidad de nuestra condición y se nos escapaba el significado de los acontecimientos. Como muestra de ello expongo la siguiente escena (hasta la tarde no comprendimos su verdadero sentido): nos ordenaron dejar el equipaje de manos en el tren y formar en filas de dos, una de hombre y otra de mujeres, para desfilar ante un oficial de la SS de alta graduación. Avanzamos hacia aquel hombre alto y delgado, vestido con un uniforme impecable y reluciente que le sentaba como anillo al dedo. Ese porte distinguido, elegante y atildado contrastaba bruscamente con nuestro aspecto sucio y mugriento después de semejante viaje hacinados en el tren. Ahora casi lo tenía frente a frente. Movía con parsimonia el dedo índice de su mano derecha hacia un lado o hacia otro, hacia la derecha o hacia la izquierda. En aquellos momentos ignorábamos por completo el siniestro significado de aquel leve movimiento del dedo: apuntaba con más frecuencia a la derecha…
Llegó mi turno. Alguien me susurró que a la derecha implicaba trabajos forzados, mientras que la izquierda se reservaba para los enfermos e incapacitados, a quienes se trasladaría a un campo especial. Me abandoné sin resistencia a los acontecimientos; un comportamiento que repetí varias veces durante mi internamiento-y que ahora reconozco como una de las reacciones instintivas de la supervivencia y, a la vez, del abandono-.
Me esforcé por caminar de modo que pareciera brioso. El hombre de la SS me escrudiñó de arriba abajo, pareció dudar y puso sus manos sobre mis hombros. Intenté con todas mis fuerzas mantenerme firme y aparentar capacidad para trabajar. Me hizo girar a la derecha.
Al atardecer nos explicaron el significado del “juego del dedo”. Se trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre nuestra aniquilación o nuestra supervivencia.       
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Nos enviaron a distintas habitaciones, si se pueden llamar así, para pasar allí la noche. La habitación era oscura y húmeda. Por lo menos debíamos ser unos 50 allí dentro. Había diversas literas, pero no para todos. Muchos dormimos en el suelo. Solo los afortunados que llegaron antes, consiguieron una cama.
Ninguno de nosotros sabía realmente lo que nos deparaba el mañana. Algunos contaban rumores y suposiciones sobre lo que nos pasaría. No hice caso a ninguno de ellos. No servía para nada deprimirse por la llegada de la muerte ni tener una mínima esperanza de sobrevivir a todo eso.
Cuando empezaban a entrar los primeros rayos de luz por las escasas ventanas que había en la habitación, ya estábamos todos en pie. Un soldado nos vino a avisar que empezaba nuestra jornada de trabajo. La mayoría se alegró de esa noticia. No moriríamos ese día.
Todos esos pensamientos de alegría se acabaron cuando, antes de cenar, nos reunieron a todos los de mi habitación. Nos comunicaron que íbamos a las duchas. Las mínimas sonrisas se desvanecieron en un instante. Creíamos que ese era el fin.

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